
Los estudios previos I y II que permitieron adentrarse en el desarrollo orgánico de la arquitectura que materializó Casa Irina, reveló tanto al arquitecto como artista que la referencia iconográfica debían necesariamente retroceder en el tiempo. Una vez analizado los denominadores comunes, una visita a la capital vecina de Buenos Aires, se tradujo en una verdadera inspiración como modelo de ciudad que adoptó la riqueza de una cultura francesa en plena emancipación. La herencia de la Belle Epoque combinado con la exhuberancia de la naturaleza nutrida por un sinnúmero de parques, plazas, jardines y amplias avenidas reveló un elemento clave para la composición general. En otras palabras, las mismas razones que concibieron nuestros ancestros comunes con San Petersburgo, Buenos Aires se transformó en la piedra angular de la riqueza del nuevo mundo al servicio de una sofisticación europea. Fachadas interminables que constituyen el ornamento de un hábitat armónico como es el caso de los barrios de Recoleta y Palermo, representan la escala y dimensión adecuada para proyectar su reflejo en la forma de un mural emplazado en dicha casa.











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